Del autoempleo a los agentes de IA: qué exige hoy el trabajo de técnico/a de empresa

Este artículo quiere ser nuestra pequeña aportación al Día Internacional del Emprendimiento, que se celebra año tras año el 16 de abril. En concreto, recoge una serie de ideas esbozadas ya el pasado mes de octubre en el marco del salón BIZ Barcelona, respondiendo a una amable invitación del servicio de Tejido Productivo de la Diputación de Barcelona, con el fin de dar respuesta a la pregunta, formulada sin artificios y con voluntad práctica: ¿qué se necesita para ser un/a buen/a técnico/a de empresa?
Como ya se puede suponer, la respuesta a esta pregunta tiene un carácter bastante poliédrico y, según la perspectiva que adoptemos, puede tener diferentes respuestas. A nosotros nos ha interesado tomar una cierta perspectiva histórica para ver cómo los elementos necesarios para desarrollar correctamente el apoyo a las nuevas empresas han ido evolucionando con los años, aunque algunos elementos centrales y troncales se han mantenido.
El apoyo público directo a la creación de empresas como tal se inició en los años noventa, articulándose sobre todo a través de programas de empleo y autoempleo. En aquellos momentos, el asesoramiento tenía una fuerte componente emocional y de guía básica: ayudar a “hacer cuatro números”, aclarar dudas legales, fiscales y normativas, y dar el empuje necesario a iniciativas a menudo pequeñas —comercios, servicios personales o proyectos profesionales— que nacían más por necesidad que por oportunidad. Buena parte de los/las profesionales procedían en aquellos momentos del campo de la orientación profesional y pocos de las ciencias empresariales. No hacía falta, el apoyo anímico era lo más relevante.
A comienzos de los 2000 se amplió el mapa y los fondos europeos contribuyeron a la normalización en todo el Estado de programas de apoyo a la creación de empresas. Se construyeron muchas infraestructuras como los viveros de empresa y creció el reconocimiento social del emprendimiento. Todo ello hizo que muchas personas entrasen a trabajar en este campo y que se constituyera una verdadera “nueva profesión” dentro del ámbito público que atrajo a personas con formación económica y empresarial.
Al mismo tiempo, sin embargo, apareció un “nuevo tipo de empresa” difícil de interpretar con las herramientas clásicas: las llamadas “punto.com”. Aquellas empresas fundamentaban su propuesta de valor (o lo que ellas pensaban que era una propuesta de valor) en el uso de las nuevas tecnologías (básicamente la web) y que no acabábamos de entender demasiado. De la ola de fracasos de aquellos años, extraímos un aviso que hoy vuelve a sonar familiar: las ideas pueden ser brillantes, pero si el mercado no está preparado —o si la propuesta de valor no se sostiene— el proyecto se hunde. La lección sugerida es especialmente útil hoy en día, en la era de la inteligencia artificial, donde la velocidad de cambio puede hacer que una solución quede desfasada de la noche a la mañana.
A medida que el tejido emprendedor incorporaba internet, capital riesgo y nuevas metodologías —del lean startup a la cultura de métricas—, el rol del/la técnico/a dejó de ser solo “acompañar” para convertirse en una figura capaz de leer empresas más complejas. Cada vez se necesitan unas bases de conocimiento empresarial más potentes, dominar el ABC de las finanzas y del marketing, entender una cuenta de resultados sin temblar y opinar técnicamente sobre estrategias, más allá del ruido de las modas y de los anglicismos que a menudo inflan el discurso.
En este proceso, las herramientas importan, pero sobre todo cómo se utilizan. Aunque seguimos utilizando el plan de empresa como herramienta fundamental, conviene reivindicar el canvas del modelo de negocio —popularizado a partir de la década pasada— como un instrumento para ordenar información, poner a prueba la lógica del proyecto y detectar si la propuesta de valor es realmente diferencial. De hecho, a pesar de su aparente sencillez, construir canvas de modelo de negocio correctamente no está al alcance de cualquiera. Requiere un entrenamiento y un conocimiento sólido de lo que se está haciendo. Más allá de los post-it de colores, están los conceptos claros y nítidos y bien relacionados.
Igualmente, para un primer asesoramiento y análisis de la idea conviene volver a los clásicos que, en el día a día, siguen siendo decisivos: el cálculo del punto muerto y el análisis de la accesibilidad del cliente. Esta última cuestión sigue siendo una “asignatura pendiente” de muchas personas emprendedoras: antes de gastar recursos en marketing, hay que responder a la pregunta de cómo se llegará al mercado, si el cliente busca activamente la solución o si será necesario hacer trabajo comercial directo —también por teléfono, también con listados— aunque la fascinación por el mundo online tienda a invisibilizarlo.
La pandemia consolidó el trabajo en línea y ahorró desplazamientos, pero también ha dejado un coste: la pérdida de presencialidad que alimenta comunidades emprendedoras. Espacios como los viveros o los coworkings no son solo metros cuadrados: son lugares donde se comparten problemas, contactos y aprendizajes que difícilmente aparecen en una pantalla. Recuperar esta dimensión, desde las instituciones, es hoy una de las dificultades más visibles.
Y, finalmente, hoy en día un nuevo actor: la inteligencia artificial (IA). En un entorno ya plenamente digital, podemos identificar dos caminos: productos muy especializados que resuelven problemas concretos, y un terreno más incierto en el que un competidor grande puede replicar y superar una solución en cuestión de horas. Ante este escenario, el consejo es claro: correr. “La preocupación debe ser ir rápidos”, no solo presentar mercados “fantásticos” en planes de empresa impecables. La velocidad de ejecución, los resultados rápidos en el mercado, especialmente cuando hay inversores de por medio, se convierte en prueba de credibilidad. Los productos mínimos viables (PMV) constituyen una herramienta fundamental en este caso.
Enlace a la conferencia: https://www.youtube.com/watch?v=qExO15IBJIY&t=2s
Jaume Amill y Francesc Trias